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Suplantación de identidad en los controles de acceso a faena

  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Hay una brecha en los controles de acceso a faena de la que casi no se habla: la mayoría de los sistemas que evalúan si un trabajador está en condiciones de operar no confirman quién es esa persona.

Se mide el estado, se registra el resultado, se autoriza el ingreso. Pero el vínculo entre el resultado y la persona correcta descansa en que quien se presentó dijo la verdad.

Por qué importa más de lo que parece

En una operación pequeña donde todos se conocen, la suplantación es poco probable. El problema escala con el tamaño y con la rotación.

Considera una faena con varios turnos, contratistas que cambian cada semana, transportistas externos que llegan de noche y personal de relevo que nadie ha visto antes. En ese contexto, el supervisor de acceso no puede reconocer a cada persona, y la identificación termina apoyada en una credencial que se presta o en un nombre que se declara.

Ahora súmale el incentivo. Un trabajador que sabe que no va a pasar el control tiene tres opciones: reportarse, asumir la consecuencia, o pedirle a un compañero que se someta por él. Si la tercera es fácil, va a ocurrir. No porque haya mala fe generalizada, sino porque los sistemas mal diseñados producen exactamente los comportamientos que dicen querer evitar.

Dónde falla cada método

Credencial o tarjeta. Identifica la tarjeta, no a la persona. Se presta, se pierde y se clona.

Declaración ante el supervisor. Depende de que el supervisor conozca a cada trabajador. Inviable a escala.

Huella dactilar. Verifica identidad de verdad, pero está bajo presión regulatoria: la Ley 21.719 la clasifica como dato sensible y, cuando existen alternativas menos invasivas para la misma finalidad, el consentimiento del trabajador difícilmente se considera libre. Además requiere contacto físico, lo que en faena con guantes, polvo o humedad falla seguido.

Test de orina o saliva sin control de identidad. La muestra puede no ser de quien dice ser. Existen protocolos de cadena de custodia que lo resuelven, pero encarecen y ralentizan tanto el proceso que rara vez se aplican al control diario.

Prueba cognitiva en pantalla. Además de no verificar identidad, tiene un problema adicional: al depender de la participación activa, otra persona puede rendirla, o el propio trabajador puede rendir por debajo de su capacidad.

Sensores embarcados. Monitorean al conductor durante la tarea, pero no confirman quién está al volante al inicio.

Qué implica una verificación robusta

Una verificación de identidad que resiste requiere tres condiciones:

Que el identificador sea único y estable. Los patrones del iris son únicos por persona, estables en el tiempo y difíciles de falsificar o replicar. Por eso el reconocimiento de iris es uno de los métodos biométricos de mayor precisión.

Que no dependa de algo que se pueda entregar. Una tarjeta se presta. Una clave se dice. Una característica física no.

Que ocurra en el mismo acto de la medición. Si la identidad se verifica en un paso y el estado en otro, queda una ventana entre ambos. Cuando la misma lectura resuelve las dos cosas, no hay hueco.

Esa última condición es la que suele ignorarse en los diseños de control. Verificar identidad en la portería y medir estado en otra estación deja abierto exactamente el problema que se quería cerrar.

El costo de no cerrarlo

Operacional. El dato se contamina. Si algunos registros no corresponden a quien dicen, las estadísticas de fatiga de la faena dejan de ser confiables, y con ellas cualquier decisión de gestión de turnos que se apoye en ellas.

Legal. Ante un accidente, la empresa debe acreditar que cumplió su deber de protección. Un registro que no puede probar la identidad de quien fue evaluado tiene un valor probatorio débil.

De credibilidad interna. Si los trabajadores saben que el control se puede evadir, el programa completo pierde autoridad. Y los que sí cumplen empiezan a preguntarse por qué.

Verificar identidad no es vigilar

Vale la pena separar dos cosas que suelen confundirse en la discusión con el comité paritario.

Verificar que quien se somete al control es efectivamente el trabajador asignado protege al trabajador: impide que se le atribuyan resultados ajenos y asegura que la autorización para operar corresponda a su estado real.

Eso es distinto de un seguimiento permanente de ubicación o conducta. Una verificación puntual, en un momento definido, con una finalidad acotada y documentada, es defendible en el marco de la Ley 21.719 precisamente porque es acotada.

La forma de comunicarlo importa: un control que se presenta como fiscalización genera resistencia; uno que se presenta como garantía de que a nadie se le imputará el estado de otro, genera adhesión.

Qué revisar en tu operación

  • ¿Cómo se confirma hoy la identidad de quien pasa el control?

  • ¿Ese método funciona igual para contratistas y personal externo?

  • ¿Cuánto tiempo pasa entre la identificación y la medición del estado?

  • Si hubiera un accidente mañana, ¿podrías acreditar quién fue evaluado y con qué resultado?

  • ¿El comité paritario conoce y respalda el método?

Si alguna respuesta es incómoda, ahí está la brecha.

FitIris verifica la identidad del trabajador mediante biometría de iris en la misma lectura en que evalúa su nivel de alerta, en menos de 15 segundos y sin contacto físico.

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